Atardecer que cristaliza el cielo
Cuando el sol desciende, las salinas se vuelven un tablero de espejos rosados y dorados. El viento se aquieta, la temperatura baja levemente, y cualquier prisa remanente se derrite con los últimos rayos. Los colores cambian despacio, como si alguien ajustara una lámpara invisible. Tomar una foto parece inevitable, pero más bello aún es quedarse quieto y respirar. Ese instante enseña que la calma no se compra ni se atrapa: se reconoce, se agradece, y se deja pasar en paz.